El ordeño de las cabras y ovejas se hace interminable.
Obtener el cuarto de litro de media por
cada animal lleva su tiempo, y aun teniendo bastante habilidad se tarda
más de dos horas en mecer los ciento setenta animales.
Voy llevando las lecheras llenas a la cabaña y vaciándolas en los calderos a través de la cola hasta llenar los dos calderos que producirán los dos quesos de cada día.
Las piezas de quesu se hacen aquí de buen tamaño. Una vez maduras vienen a pesar seis o siete kilos cada una.
La niebla, el nubláu, no levanta, aunque a ratos deja ver ya los alrededores, gris verdoso, gris blanquecino, color quesu.

Son casi las diez cuando soltamos el ganáu a pacer. El Chistu, un perrín que parece un raposu, hace casi toda la tarea. Entra, sale, da vueltas por la cuerre y con ladridos y amagos de mordiatos pone en marcha a la reciella. Va hacia los alrededores, sin rumbo fijo. Entre el pasto, que es abundante, crece el vistoso matallobos azul, la más venenosa de nuestras plantas, pero no hay cuidado, el ganado lo sabe bien. Los lloqueros se van perdiendo entre la niebla que ahora parece romperse en jirones y correr como asustada, se ha levantado un poco de viento.
- Ayeri topé las oveyas n'el mismu borde del Pozu
los Texos - comenta Alberto mientras se traga una torta de maíz.
- Habrá que dir y travesar unos jayones pa que no pasen de La Jaona
- repone Mino.
La leche del ordeño matutino se mezcla con la obtenida la tarde anterior. La proximidad de los calderos al fuego mantiene su temperatura.
Relato: