Apenas se ve, pero se percibe la niebla, densa
como una cuajada.
Es hora de atizar la lumbre. Sobre las brasas que aún
permanecen ocultas bajo la ceniza, como intentando proseguir su cálido
sueño, unos gromos hacen surgir la magia de las llamas.
En el exterior comienza a clarear
y los pájaros más madrugadores entonan las primeras notas.
Nos encontramos en Las
Juentes, en la cabaña
de Rosendo Asprón. Las Juentes es una de esas majadas de pastores
que aún perdura en su uso tradicional. Es el Parque Nacional de la
Montaña de Covadonga. A hora y media de camino desde Los Lagos d'Enol,
hasta donde, por suerte y por desgracia, llegan los automóviles,
y a medio camino del "Paraíso poseído" de Ariu.
Hemos recorrido muchos rincones del
Parque y en pocos como aquí podemos asegurar que perdura, prácticamente
inalterable, un uso que se pierde en la memoria y en los papeles escritos.
Es una tradición familiar, tribal, popular, que merece nuestra atención.
Aquí se elabora el exquisito e incomparable queso artesano Gamonéu.
Después de apurar el tazón
de leche, Alberto, un rapazón de veintipocos años, calza los
chanclos. Es Julio y no ha llovido últimamente, pero la niebla ha
dejado sobre la alfombra incomparable de la pradera alpina su manto de diminutos
brillantes, la rosada. Sale presuroso hacia La Cabeza de las Juentes por
las ovejas para traerlas a mecer en la cuerre.
Hace ya varias semanas que Mino, Alberto
y yo estamos retirados aquí sin ver a nadie. Tan sólo Alberto
bajó un día a Bobia con el caballo, a buscar comida y alguna
cosilla que, acostumbrados a tener, echábamos en falta.